miércoles, 22 de agosto de 2012
Adiós a Torreón
miércoles, 8 de agosto de 2012
La gran aportación de Metrocles a la filosofía
martes, 15 de mayo de 2012
Un chango con pistola
lunes, 20 de febrero de 2012
Parque México (O cómo dos prietos no pueden pasear a gusto ahí)
Después les hablaré de Manuel. Por ahora basta decir acerca de él que es el encargado de un hostal de la colonia Condesa, en la Ciudad de México.Esa vez, fue Manuel el que nos recomendó a mi amigo y a mí que buscáramos retas de futbol en el Parque México. Eran aproximadamente las 7:30 p.m., y ya había caído la noche cuando llegamos. ¿Se representan la imagen? Dos regiomontanos feos, prietos y fachosos deambulando por ese parque a la hora en la que está más concurrido.
Pues ahí vamos confiados en que no tiene nada de malo recorrer un parque de punta a punta para buscar algo que nos dijeron que iba a haber ahí. Pero no.
No, señor. Dos regios feos, prietos y fachosos no pueden deambular por entre la gente bonita y nice de la Condesa sin levantar sospechas de esas nobles y tiernas almas. Así que se detiene una patrulla al lado de nosotros, y dos oficiales de policía (por decir algo) se acercan a nosotros con una estrategia que seguro les enseñó el FBI: uno nos aborda de frente y el otro rodea unas plantas y árboles para llegar de costado a nosotros.
Nos preguntan todo, que a dónde íbamos, que de dónde éramos, que dónde nos hospedábamos. Nos solicitaron una identificación, pero como dejamos todo en el hostal, no pudimos proporcionársela. Nos regañaron por eso, y al final, cúspide del momento más ridículo o más algo que he tenido en mucho tiempo, nos registraron en busca de armas, drogas o qué sé yo qué habrán imaginado los señores.
Antes de que nos registraran, le pregunté a uno de los polis, al de la panza más prominente, porque tengo entendido que según el rango es la panza, el porqué de tanto show. Me respondió con un simple “los vecinos los reportaron como sospechosos”.
Cien personas paseando en el parque (algunos besándose en las bancas de los rincones más oscuros, otros fumando mota en rincones ni tan oscuros) y los sospechosos éramos nosotros. Los regios feos, prietos y fachosos.
Así es como funcionan las cosas aquí. Así es como aplica aquel dicho de “como te ven, te tratan”. Así es como dos regios feos, prietos y fachosos no pueden pasear por el Parque México sin levantar la sospecha de que algo malévolo traman. Así es como hacemos tributo a la época en la que vivimos, esa época del culto a la imagen, esa época superficial y de juicios inmediatos en la que estamos inmersos.
martes, 14 de febrero de 2012
¿Qué celebramos cuando decimos "amor"?
“¿Por qué no celebras el 14 de febrero?”, me preguntaron. Pues bien, la respuesta es sencilla y directa: no celebro eso que ustedes llaman “día del amor y la amistad” porque –¡ay, tragedia moderna generalizada!– el nombre no se corresponde con lo que representa.Conste que no estoy “en contra” del amor porque, a fin de cuentas, ni siquiera sé a qué se refieren ustedes con eso. El concepto es bastante subjetivo y puede abarcar una infinidad de emociones que luego pretendemos resumir con ese nombre. Jamás voy a estar contra las pasiones, y el amor es, en definitiva, una de ellas.
Lo que no apoyo es la forma en que se pretende restringir a esa pasión, definirla en límites estrictos, establecer protocolos adecuados para su expresión, y sobre todo, estandarizarla con ciertos lineamientos para su correcto uso.
Esta idea de la estandarización no es exclusiva para las celebraciones, pues podemos verla en muchos ámbitos de la sociedad. En la educación, por ejemplo, tenemos las “competencias”; en la política, la “democracia”; en la industria, la “calidad de la producción en línea”. Siempre estándares, siempre todo igual.
El estándar para un “día del amor y la amistad” es simple, de tal forma que hasta el más humilde de los hijos de la virgencita de Guadalupe pueda seguirlo sin necesidad de esfuerzo: uno va a las tiendas, compra flores, compra chocolates, compra globos y es feliz porque tiene amor.
Por fin hemos logrado lo que nuestros ancestros soñaban, es decir, hemos convertido al “amor” en un producto. No sólo el 14 de febrero, pues el 10 de mayo, el 24 de diciembre, y así en todas las fechas “importantes” ocurre exactamente lo mismo.
Vivimos en un mundo limitado, en una sociedad de autómatas que nos programa hasta lo que debemos sentir, y eso es lo que celebramos todos los 14 de febrero, todos los 10 de mayo y todos los 24 de diciembre de nuestras vidas. Estamos representando un panegírico teatral para el estándar, para la norma, para la falta de individualidad.
Decía Marx que el hombre pleno, el hombre no alienado, podía permitirse cazar por la mañana, pescar por la tarde, arrear ganado por la noche y, en los tiempos libres, ser crítico de las ideas; todo esto sin necesidad de ser cazador, pescador, ganadero o crítico exclusivamente. Pues bien, me parece que el hombre de nuestras sociedades tiene una plenitud distinta, que nos caracteriza, nos define: nosotros somos felices comprando esferitas en diciembre, chocolates en febrero, juguetes en abril y dulces en octubre; ahí está lo que nos queda.
sábado, 31 de diciembre de 2011
Los años viejos
Aquí estamos. Ha llegado ese momento del año en el que intentamos consolarnos por las cosas tontas que hemos hecho, pensando que tenemos un futuro nuevo por delante, pensando que se nos presenta una nueva oportunidad para arreglar todo lo que hasta ahora hemos destruido con saña entre nuestras manos.Es el momento de hacer nuestras conclusiones, de forzar esos famosos ciclos para que cierren. ¿Cómo forzar algo que a lo mejor ni siquiera existe? Magia y brujería es lo que necesitamos, es lo que usamos estos días malditos que nos obligan a pensar en lo idiotas que somos, en cómo a pesar de todos los "esfuerzos" esos que nos inventamos no terminan de funcionar, no empiezan a funcionar algunas veces siquiera.
¿De dónde sacamos la noción esa de que el tiempo es redondo? ¿De dónde que nos renovamos y que cada cierto punto tenemos la oportunidad de reparar lo que ya destruimos un día? Ni el tiempo, ni la vida, ni nosotros mismos somos circulares. Volvemos a cometer los mismos errores porque no cambiamos, porque no aprendemos, porque somos esto. No importa que cambie de año, ¡el Sol no tiene nada que ver con nuestras cochinadas!
Sí, las situaciones a veces se nos repiten. Muchas veces he pensado que estoy haciendo el refrito malo de mi vida original, de aquella que arruiné una vez y que ahora tiendo a repetir siempre. Pero eso sólo significa que cometo los mismos errores, que no aprendo, que no cambio y que por más que haga mi lista de "propósitos" seguiré siendo siempre este mismo imbécil que ya fui.
Pues ahí está, esa es mi conclusión del año. Esa será mi conclusión para todos los años que vendrán a partir de ahora. Ya no me arrepiento de mis errores, ni quiero cambiar nada de mí. Ya no me preocupa lo que digan los demás, ni a dónde quieren que llegue, ni sus expectativas sobre mí. Sé perfectamente bien que estoy apostando mal, pero de todas formas no me detendré hasta haberlo perdido todo, porque dentro, muy dentro de mi corazón, lo que yo soy es un apostador fracasado.
Y pues nada. No es el karma esta vez, ni la polecía, ni nada. Es la conclusión de este año, que les regalo con todo mi amor de apostador mal encaminado.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Cuando conocí el ministerio público

Apenas comienzo a subir las escaleras y un soldado que está de guardia en la entrada principal ya sigue con atención cada uno de mis movimientos. No me quita la mirada de encima hasta que llego al último escalón y le doy las buenas tardes. Me gruñe algo que suena a “astards”, y vuelve a dirigir la mirada sobre los automóviles que pasan a toda velocidad por la Av. Gonzalitos de Monterrey.
Eso es para mí una oficina del ministerio público.
Hasta ahora, jamás había tenido la necesidad de ir a uno de esos lugares que parecen un performance artístico en homenaje al buen Kafka. Lo del soldado con su arma de alto poder en la puerta es sin duda lo que recordaré siempre; su cara de póquer, totalmente en blanco, tan así que yo no podía decir un segundo antes si me iba a saludar o a acribillar por osar dirigirle la palabra. Lo demás –trámites, siempre trámites– es igual que en todos lados: ventanillas aquí, ventanillas allá, tome su turno, espere su turno, televisiones con programas ridículos, niños corriendo, funcionarios públicos con cara de jamás saldré de aquí.
Supongo que ya era hora, que en algún lugar el azar justiciero determinó que habiendo tantos delitos y tan mal repartidos en el mundo, se estaba llegando la hora en la que yo tuviera que verme involucrado directamente como víctima aunque sea en uno. Un ladroncillo de poca categoría –abundan, hasta en el reino del crimen los mediocres son legión– halló de su agrado mi automóvil para romperle un vidrio, abrir la cajuela y sacar mi cartera, mi celular y mi laptop, mientras yo tan inconscientemente por no desconfiar siempre de todos y en todos lados practicaba deporte en unas canchas de futbol que están justo al lado de un cuartel de la policía municipal.
Todo el día, mientras veía cómo mi domingo se me iba en trámites y otras tonterías, estuve pensando en esto que me pasó, que le pasa a tantas personas todos los días. Pensé lo que uno siempre piensa en estos casos, que la desigualdad social, que la naturaleza humana, que los que somos pobres pero honrados, que los que no. También pensé en todos esos delitos que veo en las noticias cada mañana, que los asesinatos, que los enfrentamientos armados, que los secuestrados.
Ya casi termina mi domingo, el peor domingo que he tenido en mucho tiempo, y tengo una conclusión a la que llegué con todo esto. Es una conclusión muy triste, pero es la única lógica, la única que sobrevivió a toda esa tribulación de ideas y recuerdos que me estuvieron atacando todo el día desde un coraje que hoy –y espero que sólo por hoy– anidó en lo más profundo de mi corazón.
En un mundo en el que justo al lado del cuartel de policía te rompen un cristal para robarte mientras haces deporte, en el que un soldado te recibe en la oficina del ministerio público con una cara que no sabes si es de voy a saludarte o de voy a matarte a tiros, y en el que todos los días sin excepción matan, secuestran, torturan a tanta gente que ya nos parece normal; en ese mundo, supongo que debo estar agradecido porque se llevaron mi laptop y no mi vida.
Aunque quizá eso también es sólo cuestión de estadística, y sólo me hace falta un poco más de tiempo.


