Cuando uno escucha eso del "choque cultural" se imagina a un árabe, un judío y un gallego entrando a un bar, o algo por el estilo, estereotipos de culturas que son totalmente ajenas, que no comparten ni el lenguaje, ni las costumbres, ni las creencias; pero hay otra forma de choque cultural que uno apenas siente cuando viaja por las ciudades de su país, ciertas formas de hablar, ciertas costumbres que difieren un poco de aquellas que se tenían en el terruño, gestos apenas a la hora de hablar, y que se va haciendo más notorio cuando uno se queda a vivir en otra parte.
Ahora que estoy en Puebla me está dando eso del choque cultural en forma de desconcierto y confusión ante ciertas particularidades de esta gente que tiene otra cultura, otra visión del mundo, las cuales sinceramente no entiendo.
Cuando estuve en Torreón había de vez en cuando alguna cosilla que me causaba risa, o que me parecía curiosa, que desentonaba con lo que yo conocía de cómo son y deben ser las cosas. Toda mi infancia y adolescencia viví y conviví con gente de Monterrey y de Saltillo, ciudades que no difieren mucho en usos y costumbres, y Torreón no está muy lejos de aquellas dos.
Hay un famoso eslogan que utilizan en Saltillo para referirse a su ciudad, "Saltillo es otra cosa", dicen, pero a mí no me lo pareció. Ahora bien, Cholula, no sé ni por donde empezar, Cholula sí que es otra cosa.
Ya me iré adaptando, porque para eso está uno, para adaptarse y ajustarse y estrecharse y expandirse; para cambiar, pues, y acabarse en el camino. Pero por lo pronto estoy aquí, un norteño que no sabe pa' dónde queda el norte, perdido en esta ciudad, con esta gente, con esta cultura que desconozco por completo y que -virgencita plis- espero asimilar pronto.
miércoles, 14 de noviembre de 2012
domingo, 28 de octubre de 2012
La reliquia lagunera
En Torreón tienen esta costumbre primitiva que se trata de preparar asado de puerco y siete sopas distintas [batidas, según lo que he logrado conocer hasta el momento] en honor de algún santito, de alguna virgencita o del niñito Jesús, siempre con el fin de adular a la entidad divina de elección para que se digne conceder un milagrito.
Resulta además que el 28 de octubre es el día de "San Juditas", el santo de los milagros imposibles, y como era de esperarse en una ciudad contradicción como ésta [ciudad contradicción porque está en medio del desierto, sin agua, sin recursos naturales, ¡y así se dedica a producir leche!], los altares y las ofrendas de comida para este santo pululan por todos lados.
A esta tradición de adulación, asado de puerco y siete sopas, que además puede incluir la danza de matachines, se le llama "reliquia" y definitivamente es una de las cosas que no voy a extrañar de aquí cuando me vaya.
Resulta además que el 28 de octubre es el día de "San Juditas", el santo de los milagros imposibles, y como era de esperarse en una ciudad contradicción como ésta [ciudad contradicción porque está en medio del desierto, sin agua, sin recursos naturales, ¡y así se dedica a producir leche!], los altares y las ofrendas de comida para este santo pululan por todos lados.
A esta tradición de adulación, asado de puerco y siete sopas, que además puede incluir la danza de matachines, se le llama "reliquia" y definitivamente es una de las cosas que no voy a extrañar de aquí cuando me vaya.
jueves, 25 de octubre de 2012
El tiempo es como el agua
En Navidad los niños volvieron a
pedir un bote de remos.
—De
acuerdo —dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Tampico.
Luis, de nueve
años, y Julián, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
—No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y
aquí.
—Para empezar
—dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como
el esposo tenían razón. En la casa de Tampico, Tamaulipas, había un patio con
un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí
en Monterrey vivían apretados en el departamento 6 del edificio 35 de los Condominios
Constitución. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les
habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el
laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá
compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas
de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de
flotación.
—El bote está en
el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo
subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más
espacio disponible.
Sin embargo, la
tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir
el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
—Felicitaciones
—les dijo el papá—. ¿Ahora qué?
—Ahora nada
—dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y
ya está.
La noche del
miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños,
dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron el
antiguo reloj de péndulo que estaba en la sala. Un chorro de tiempo dorado y
fresco como el agua empezó a salir del reloj roto, y lo dejaron correr hasta
que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces detuvieron el péndulo del reloj,
sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura
fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un
seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Luis me preguntó cómo
era que el tiempo se prolongaba con la sola oscilación del péndulo, y yo no
tuve el valor de pensarlo dos veces.
—El tiempo es
como el agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que
siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del
sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los
encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de
ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras,
aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
—Está mal que
tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada
—dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
—¿Y si nos
ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Julián.
—No —dijo la
madre, asustada—. Ya no más.
El padre le
reprochó su intransigencia.
—Es que estos
niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—, pero por un
capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no
dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Luis y Julián, que habían sido los
últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de
oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran
vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su
empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían
El crimen del padre Amaro, llenaron el apartamento hasta la altura de
dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las
camas, y rescataron del fondo del tiempo las cosas que durante años se habían
perdido en el olvido.
En la premiación
final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron
diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres
les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron
una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas
con su mujer, estaba radiante.
—Es una prueba
de madurez —dijo.
—Dios te oiga
—dijo la madre.
El miércoles
siguiente, mientras los padres veían Austin Powers en Goldmember, la
gente que pasó por los Condominios Constitución vio una cascada de tiempo que
caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones,
se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un
torrente dorado que iluminó la ciudad hasta Santa Catarina.
Llamados de
urgencia, los bomberos forzaron la puerta del departamento 6 del edificio 35, y
encontraron la casa rebosada de tiempo hasta el techo. El sofá y los sillones
forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las
botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media
agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de
su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los
instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban
al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran
los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga temporal. En el
cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de
papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de
la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio
de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del
corredor, flotando entre dos aguas, Luis estaba sentado en la popa del bote,
aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta
donde le alcanzó el aire de los tanques, y Julián flotaba en la proa buscando
todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la
casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de
hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la
letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un
vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantos relojes al
mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año de la escuela primaria
“13 de Septiembre” se había ahogado en el departamento 6 del edificio 35 de los
Condominios Constitución, en Monterrey, México, una ciudad remota de veranos
ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme
nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en el tiempo.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Hombre lento*
Ha perdido una pierna, lo sé, y caminar no es divertido;
pero después de cierta edad todos hemos perdido una pierna, más o menos. La
pierna que le falta a usted no es más que una señal o un símbolo o un síntoma,
nunca recuerdo cuál es cuál, de hacerse viejo, viejo y poco interesante.
Elizabeth Costello en
“Hombre lento” de J.M. Coetzee.
Soy viejo, sí. La
muerte me está reclamando por partes desde que tengo uso de conciencia. Aquella
vez, por ejemplo, cuando aún niño me abrí la cabeza y tuvieron que darme quince
puntadas, comprendí que la muerte iba ganando, que esos quince puntos de sutura
eran también de otra naturaleza, que eran puntos en la escala de la vida y la
muerte, puntos menos para mí en la hazaña de permanecer inmutable y ser
inmortal.
Luego, muchas vidas
después –que no sólo se muere la muerte definitiva– está aquella trágica
ocasión en la que comprendí que el amor no es suficiente para ser feliz,
aquella triste noche en la que debuté en la tragedia de los abandonados. No sé
cuántos puntos me habrá ganado la muerte esa noche, no tuve cabeza, ni corazón,
ni tripas para contarlos. Sólo entendí, pero más que entenderlo, sentí, que se
me estaban yendo más que aquellos infantiles quince puntitos.
La última vez que
aposté y perdí una fuerte suma contra la muerte, diría que fue cuando me
entregué a todos los excesos conocidos por el hombre. Era joven y era fuerte, y
eso me bastaba para convencerme de que la muerte era algo muy lejano, muy
ajeno, muy destinado a la derrota en las batallas diarias. Terminé en una
clínica de rehabilitación, después de una sobredosis de todo lo que tenía a
mano y que casi me hace perder la apuesta completa.
Morí, en resumen, esa
noche, porque perdí cualquier posibilidad de recuperarme en el juego, pero no
morí del todo. Hay partes de mí que sobrevivieron, por ser las más fuertes. La
fuerza no necesariamente es una bendición porque a veces lo más sensato sería
dejarse vencer del todo, ceder ante lo inevitable. A veces la fuerza sólo
alarga los días que duelen, y en mi caso fueron muchos. Se han ido muriendo
todas esas partes, y así mi vida en los últimos años sólo fue la crónica de un
hombre agonizante que se ha ido desintegrando de forma casi imperceptible.
Ahora sé lo que ya
adivinaba en aquella edad temprana, cuando la sangre se me iba y yo pensaba en
historias de vampiros que necesitan comer sangre porque la sangre es vida; lo
que vislumbraba entonces, cuando lloraba con el corazón roto y creía que uno se
puede morir de amor; lo que comprobé aquella vez que con la certeza de un rayo
supe por primera vez que yo iba a ganarle todas las batallas diarias a la
muerte, excepto una, la definitiva; lo que ahora, con la certidumbre de los
años encima, sé después de ir viendo caer cada parte de mí.
Soy viejo, sí. Soy un
viejo mutilado por heridas de batallas que gano todos los días; soy un viejo
deforme, sin brazos, sin piernas, indefenso ya, cansado, lento. Espero a
la muerte como quien espera a una vieja amiga, y saben dios y el diablo que si
aún tuviera brazos, se los tendería con entusiasmo para fundirme con ella en un
abrazo infinito; el abrazo del derrotado que ya no quiere luchar, al que ya no
le interesa ganar ni perder, el último abrazo de dos enemigos de toda la vida
que al final se dan cuenta de lo absurdo que es continuar con la guerra y deciden
reconciliarse.
*Cuento basado en el libro "Hombre lento" de J.M. Coetzee.
*Cuento basado en el libro "Hombre lento" de J.M. Coetzee.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Adiós a Torreón
Pronto
llegará el momento de despedirme de esta ciudad horrible y me alegra, me alegra
mucho.
Ya no voy a
sufrir el sofocante calor del desierto cada que tenga que salir a la calle
entre ocho de la mañana y ocho de la noche; ya no me sorprenderán repentinas
tormentas de arena que aquí en el rancho la gente llama “tolvaneras”; ya no voy
a tener que apurarme para llegar a mi casa antes de las diez de la noche por el
temor a que me asalten ni tendré que estar siempre alerta por la posibilidad de
que se desate una balacera en cualquier momento; ya no me toparé con soldados,
policías federales ni policías municipales armados peor que Rambo cuando lo
mandaron solito a Afganistán y tampoco sentiré ese miedo tan arraigado y
convertido en cualquier otra cosa que sentimos los que vivimos en una ciudad
sitiada.
Sólo estuve
cinco meses y estaré uno más pero me voy con la experiencia de mi primer
incidente como víctima de asalto a mano armada, con vocabulario nuevo y con el
peor recuerdo que tengo de cualquier ciudad a la que haya ido. Sin embargo,
también me da algo de pena, también siento que voy a dejar algo aquí que ya no
voy a recuperar en ninguna parte. Dejo amigos, dejo gente interesante que pude
conocer en este brevísimo tiempo, dejo proyectos que me harían muy feliz si a
pesar de todo tuviera que quedarme.
Adiós,
Torreón. No voy a extrañarte [aunque quizá sí, poquito, a veces, cuando me
acuerde de que a pesar de todo lo malo que tienes también tienes a tu gente
buena e interesante, cuando me acuerde de que a pesar de todo fuiste mi hogar
durante casi seis meses, pero más que nada, cuando me acuerde de los lonches de
adobada].
Adjunto
glosario lagunero:
Asquel: Del
náhuatl “āskā-tl”, hormiga pequeña. Hormiga pequeña.
Hamburguesada:
De “hamburguesa”. Evento en el que la principal característica es la venta
multitudinaria de hamburguesas con el fin de recaudar fondos para una causa
específica.
Lonche de
adobada: Pan francés relleno de carne adobada de puerco, tomate, lechuga,
aderezos. Aguacate opcional [lonche mixto de adobada].
Moyote: Del
náhuatl “amoyotl”, mosquito de agua. Mosquito pero no
necesariamente de agua.
Pollocoa:
Híbrido de las palabras “pollo” [castellano] y “barbecue” [inglés]. Ver
“hamburguesada”; lo mismo pero con pollos. [En general, la partícula “-ada”
utilizada como sufijo cumple la función de indicar un evento en el que la
característica esencial del evento se refiere al sustantivo al que se le
agrega. V.g. Albercada, Burrada, Charreada, Tardeada.]
Reborujado:
De “burujo”. Revuelto.
Refri[geración].
f. Sistema de aire lavado.
Tortillón:
De “tortilla”. Tortilla gigante rellena con un guiso que puede variar. Casi
equivalente al burrito, con la diferencia de que el burrito se enrolla y el
tortillón se dobla.
miércoles, 8 de agosto de 2012
La gran aportación de Metrocles a la filosofía
En “Vidas
de los filósofos más ilustres”, Diógenes Laercio presenta los datos
biográficos, tanto los comprobados como los dudosos, de una considerable
cantidad de pensadores griegos. En la lista se encuentran Parménides,
Heráclito, Sócrates, Platón, Aristóteles, entre otros.
Entre tanto
nombre docto destacan algunos menos conocidos y tampoco faltan otros que
probablemente la mayoría de la gente no ha escuchado nombrar jamás.
En ese
conjunto de filósofos ilustres desconocidos podemos encontrar a Metrocles.
¿Quién fue
Metrocles? ¿Qué sabias palabras dijo? ¿Qué aportó a la historia de la filosofía
para estar considerado dentro de los nombres más ilustres?
Se tiró un
pedo.
No es
broma. Metrocles es famoso y pasó a la historia por tirarse un pedo.
Mientras
que Diógenes Laercio dedica grandes extensiones del libro a las biografías de
Sócrates, Platón y los demás rockstars de la filosofía griega, a nuestro
Metrocles apenas le asigna una página en la que brevemente relata la anécdota
por la que este personaje pasó a la historia.
Un día en
plena lección de filosofía con Teofrasto Peripatético (alumno de Aristóteles)
se le escapó involuntariamente una ventosidad. Fue tal su vergüenza que se
encerró en su habitación con la intención de dejarse morir.
Un cínico
(no cínico por sinvergüenza, bueno sí, pero no nada más porque sí, también
alumno de Diógenes el Can [y de ahí “cínicos” a los seguidores de su filosofía])
llamado Crates, armándose de valor y de gases mediante la ingestión de
altramuces, entró a la habitación con él y lo convenció de que nada tenía de
malo producir y liberar ventosidades cuando esto era acorde a natura; luego de
su argumento irrefutable zanjó la cuestión pedorreándose también, con lo cual
terminó de convencer a Metrocles, quien desde entonces se convirtió a la
filosofía cínica.
Y ya, Diógenes
Laercio explica un poco más de la vida de Metrocles pero en realidad todo se
reduce a que un día se le escapó una ventosidad. Más adelante en el texto dice
Diógenes que Metrocles murió muchos años después, sofocándose a sí mismo (los
caminos de dios son misteriosos, irónicos).
Cuando
pienso en nuestro querido Metrocles y de su gran aporte a la filosofía, un
pedo, no puedo evitar acordarme de tantos otros filósofos solemnes y eminentes
que pasaron a la historia por tener pensamientos complejos y complicados, que
bien pudieron surgir bajo la influencia de un gas atorado.
¡Oh, Kant! ¡Oh, Hegel! ¡Oh, Heidegger! Me recuerdan
tanto a Metrocles.
martes, 15 de mayo de 2012
Un chango con pistola
Anoche no
podía conciliar el sueño. Cualquier sonido que se escucha después de cierta
hora me parece amenazador. Es una cosa terrible esto de vivir con miedo, pero
dadas las circunstancias ya no se puede vivir de otra forma.
Los que me
siguen en Twitter saben que hace apenas unas semanas intentaron
asaltarme justo en la puerta de mi departamento, en Torreón.
Salí con mi
morra un domingo por la noche a comprar agua, aquí nomás, cruzando la calle, y
cuando volvíamos se nos acercó un tipo armado que nos amagó. Nos pidió
celulares, no los traíamos; nos pidió carteras, no las traíamos; nos pidió la
llave del coche, no la traíamos. Al final sólo se llevó veinte pesos, lo único
que sí teníamos aunque no nos lo haya pedido.
Antes de
irse, eso sí, muy amablemente, nos interrogó: “¿Ustedes son los que andan
peinando, verdad?” y “¿Supieron lo que le acaba de pasar al güey de aquí
enfrente? Lo tronaron”, y nos amenazó diciendo que iba a estar vigilándonos.
Eso no es
nada.
Esta semana
me enteré de que a un amigo mío de Monterrey lo secuestraron diez horas,
también en la puerta de su casa, para pedirle a su familia un rescate de
quinientos mil pesos.
¡Quinientos
mil pesos! ¡A una persona trabajadora de clase media!
Pues bien,
las negociaciones de los secuestradores con la familia de mi amigo llegaron
hasta un punto en el que ellos tuvieron que ceder y lo dejaron libre cuando
recibieron la cuantiosa cantidad de catorce mil pesos.
¿Se puede
apreciar lo que hay aquí?
Son simples
ladroncillos. Tanto el que me amenazó a mí como el que secuestró a mi amigo son
simples ladroncillos; mentecatos con armas de fuego que se sienten omnipotentes
porque pueden amedrentarnos y manipularnos tan solo por el hecho de que si se
les antoja nos disparan y ya, se acaba el problema para ellos.
No preocupa
que haya este tipo de gente, porque siempre la ha habido. Lo que preocupa aquí
es la impunidad con la que se manejan. Yo no puse ninguna denuncia. Mi amigo no
puso ninguna denuncia. Y no lo hicimos por razones complicadas u ocultas, lo
hicimos simple y sencillamente porque tenemos miedo.
Miedo.
Acá nos
movemos en varias ciudades de México, señores, entre el miedo. Salir a la calle
representa para nosotros un riesgo inimaginable para mucha gente; confiar en la
gente es un lujo que ya no podemos darnos. Estamos cautivos, presos.
Estas
condiciones de vida no son dignas de alguien que presume de vivir en una
democracia, que pretende tener derechos humanos. Así no se puede tener una
calidad de vida aceptable, no se puede dormir durante la noche, no se puede disfrutar
durante el día. Uno supone que algo se está haciendo mal. ¿No nos damos cuenta
de que algo estamos haciendo mal?
Ahora la
pregunta, la gran pregunta para todos nosotros no puede ser ya otra: ¿Qué es lo
que tenemos que cambiar? ¿Qué es lo que hemos venido haciendo mal? Ojalá podamos
responderla a tiempo, antes de que nos mate algún troglodita con pistola.
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